In Eco-political analysis

John Price
Director general
AMI

Después de tres años (2020-2022) de constantes altibajos en los ámbitos político, social y económico, América Latina por fin encontró su asidero en 2023. La región dejó de elegir a izquierdistas indignados que prometían renovar a la nación, la economía superó las expectativas y las principales monedas de la región ganaron terreno frente al dólar estadounidense. Tras estos últimos años de tumulto, un 2023 comparativamente aburrido en América Latina cuenta como una victoria.

El año 2020 nos trajo la pandemia, una crisis sanitaria para la que América Latina estaba muy mal preparada y posiblemente peor posicionada que cualquier otra región del mundo. Con sus ciudades densamente pobladas, su deficiente infraestructura de cuidados intensivos y sus hogares multigeneracionales, lograr revertir la tendencia ascendente en la tasa de infección requirió de largas cuarentenas. Pero dos años de confinamientos intermitentes –y el cierre de escuelas durante incluso más tiempo– dieron lugar a una crisis económica, fiscal y social. La fuerza laboral informal de América Latina (que representa el 60% de la fuerza laboral total) se quedó sin un centavo, exacerbando así la debilitante división de clases de la región. El código fiscal de la región, que depende del impuesto al valor agregado (IVA), demostró ser disfuncional a medida que el sector de servicios se fue colapsando y todas las principales economías sufrieron un golpe fiscal.

En 2021, cuando empezaron a distribuirse las vacunas y los reporteros investigadores comenzaron a descubrir la apabullante conducta ilícita de muchos gobiernos de la región que robaron grandes sumas y se saltaron las filas para vacunarse, fue creciendo el descontento entre los electores. En 2021 y 2022, tomaron su venganza mediante la elección de líderes políticos disruptivos y sin experiencia que prometían castigar a la élite sorda y al establishment. Su enojo llevó al poder a Boric en Chile, Petro en Colombia y Castillo en Perú, entre otros. Para fines de 2022, las siete economías más grandes de América Latina estaban al mando de líderes decididamente de izquierda. Los inversionistas vieron con malos ojos a la región y predijeron un 2023 catastrófico. Se equivocaron.

América Latina ha cambiado fundamentalmente, o cuando menos lo han hecho sus mercados más importantes. Un viejo proverbio argentino dice: “Si a los 20 años no eres de izquierda, eres inhumano. Si para cuando cumples los 40 no eres conservador, entonces eres un idiota”. A medida que vamos cumpliendo más años, vamos teniendo más que perder. La idea de quemar la proverbial casa hasta sus cimientos y empezar de nuevo ya no le es atractiva a la mayor parte de América Latina y el Caribe, que es la región que está envejeciendo al paso más acelerado del mundo. Las encuestas de Latinobarómetro sistemáticamente muestran la preferencia latinoamericana por una economía de mercado y por acoger y darle la bienvenida a la inversión extranjera directa. Si miramos de cerca la migración transfronteriza latinoamericana, vemos el movimiento de personas desde regímenes de izquierda económicamente disfuncionales hacia economías de mercado. El atractivo de la guerra de clases de los políticos reaccionarios de 2021 y 2022 tenía sentido en una época en que las políticas de COVID castigaban desproporcionadamente a las clases media y baja. Pero para 2023, el pensamiento de los electores había cambiado.

Los pesimistas políticos –quienes predijeron “otro Chávez/Venezuela” cuando Petro, Boric, Castillo y otros ganaron las elecciones– subestimaron qué tan resistentes se han vuelto las bases democráticas de estos y otros países grandes, gracias a un electorado más educado e informado, a congresos políticamente diversificados, a una brillante gestión de bancos centrales y a tres décadas de desarrollo institucional y reformas de bajo perfil. Petro está cada vez más acorralado por la oposición política y judicial. Boric se desplazó hacia una postura más centrista después del primer referéndum sobre la reforma constitucional. A Castillo lo expulsó del poder su congreso. La agenda política vengativa de Lula se ha visto un tanto restringida por la falta de apoyo de parte del poder legislativo. A AMLO lo ha mantenido bajo control un banco central independiente. Algunas economías de la región permanecerán a la deriva durante algunos años bajo un liderazgo deficiente, pero no retrocederán como muchos temían.

En definitiva, el panorama no es todo color de rosa. Existe un nivel preocupante de tolerancia hacia la gobernanza no democrática en Centroamérica, específicamente en Nicaragua, El Salvador, Honduras y Guatemala (en caso de que no logren hacer la transición). Cuba y Venezuela siguen siendo obstinadamente antidemocráticos, pese a los esfuerzos de Estados Unidos por encender una chispa que lleve al cambio.

Pero el 90% de la inversión en América Latina nunca llega a estos pequeños mercados. Donde el dinero importa, América Latina parece estar lista para elegir a líderes democráticos que están a favor de la inversión. En 2023, Ecuador, Paraguay, Argentina e incluso Guatemala eligieron dirigentes que inspiran confianza en la comunidad inversionista internacional. Incluso el plebiscito en Chile y las elecciones de medio término en Colombia tranquilizaron a los inversionistas.

En cuanto a elecciones, 2024 promete ser otro año relativamente calmado para América Latina. La mayoría de los resultados electorales ya están previstos y ninguno de estos es demasiado sorpresivo o molesto para los inversionistas. Las noticias latinoamericanas se perderán bajo el egocentrismo de los Estados Unidos conforme los estadounidenses se preparan para votar. Mientras el mundo mira hacia otro lado, los inversionistas experimentados se beneficiarán de un año políticamente tranquilo en América Latina, quienes aplauden el audaz experimento de Argentina con una política económica libertaria y tienen la esperanza de que ocurra un milagro porteño, pero quienes también están conformes con saber que la región ha redescubierto su asidero pragmático.

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