In Eco-political analysis, General Interest
You can also read the English version of this article: "Latin American Voters Are Mad as Hell"

Los electores latinoamericanos suelen tolerar a los malos gobiernos, pero todos tenemos un límite. El mal manejo de la crisis de COVID por parte de la mayoría de las administraciones latinoamericanas ha demostrado ser demasiado para la resiliencia de los electores. En nueve importantes visitas a las urnas que tuvieron lugar en 2021, los electores rechazaron o debilitaron a los partidos en poder y en algunos casos eligieron a nuevos personajes y partidos políticos disruptivos. Algunos analistas han señalado una penduleada hacia la izquierda. Un resumen más acertado es que los electores latinoamericanos están hartos de los políticos de siempre y quieren un cambio, desde YA.

Tabla que describe los resultados electorales de América Latina en 2021 y que demostrarían una actitud de los votantes hacia nuevas formas de gobierno que respeten sus derechos y atienda a sus necesidades

Qué salió mal

Muchos predijeron que América Latina sería la región peor preparada para enfrentar una pandemia, lo cual también mencionamos en las proyecciones anuales de Americas Market Intelligence. Con una población de mayor edad y más urbanizada que la mayoría de los mercados en desarrollo, América Latina estaba destinada a sufrir un rápido contagio viral. Con un número deprimentemente bajo de camas en hospitales y unidades de cuidados intensivos, muchos predijeron que los hospitales se verían fácilmente desbordados. Con algunas de las tasas más altas de diabetes, obesidad, enfermedades cardiacas, hipertensión y VIH de cualquier región del mundo, América Latina era una región demográficamente vulnerable. Y con tres generaciones viviendo bajo un mismo techo en muchos hogares, parecía que los confinamientos eran la única medida política que ofrecería una respuesta viable.

Con las probabilidades en su contra, tal vez ningún gobierno latinoamericano elegido de forma democrática hubiera podido sobrevivir la pandemia de COVID y salir ileso. Pero algunas decisiones con respecto a las políticas que se implementaron fueron verdaderamente desastrosas y han revertido el progreso sostenible de América Latina en áreas cruciales como la disparidad en los ingresos, el ahorro familiar, la alfabetización, la inversión y el empleo.

La más dañina de todas las decisiones que se tomaron con respecto a las políticas a seguir fue la duración y la severidad de los confinamientos que, de manera no intencional, impactaron al 60% más pobre de la población: aquellos que trabajan en el sector informal y cuyos empleos no pueden realizarse de forma remota. Así pues, cerca de 40 millones de personas cayeron en la pobreza por los confinamientos y la pérdida de empleos. Otros 460 millones de consumidores latinoamericanos siguen ganando menos hoy que en 2019. La admirable trayectoria de 30 años de esfuerzos regionales por disminuir la pobreza perdió 15 años de avances tan sólo en 2020. El peor descaro para el sector informal al que se le dijo que no podía trabajar fue que tales órdenes vinieron de burócratas del gobierno que siguieron recibiendo su sueldo completo, mientras trabajaban desde casa. Aún más frustrante fue que estas órdenes se dieron de manera arbitraria porque ningún gobierno de América Latina desarrolló jamás una infraestructura de pruebas que fuera suficiente para medir con precisión los niveles de infección.

Por si esto no hubiera sido suficiente para enfurecer a los electores, a lo largo de los últimos dos años ha habido escándalos frecuentes que han sacado a la luz casos de corrupción por parte de gobiernos que gastaron de más en insumos médicos y que canalizaron dinero y préstamos baratos a sus compinches, así como políticos que se saltaron la fila para ser los primeros en vacunarse o que rompieron sus propias reglas de cuarentena. La poca fe y confianza que los electores latinoamericanos tenían en su gobierno terminó por hacerse añicos.

Fase III de la crisis de COVID: la crisis política

¿Pero por qué es importante esto? Seguramente el cambio de guardia democrático es algo sano. Lo es, y a la mayoría de los países les conviene desarraigar a sus dirigentes políticos en lugar de quedarse con los sandinistas (Nicaragua) y los chavistas (Venezuela), las dos elecciones de 2021 que en las que no perdió el partido en poder. Sin embargo, cuando los electores pierden la fe en toda la clase política, es probable que ocurra uno de estos dos lamentables escenarios:

  1. Los electores eligen a políticos nuevos e inexpertos que forman gobiernos que resultan ser ineptos y, en el mejor de los casos, transcurre todo un ciclo político sin que se logre ningún avance. O bien, se produce otro escenario más probable: la confianza de los inversionistas disminuye, lo que conduce a la fuga de capitales y a una caída en el crecimiento (p. ej., Castillo en Perú).
  2. Los electores eligen a un populista que saca provecho de la desalentada confianza de los electores mediante el debilitamiento de las instituciones que podrían limitar su poder (p. ej., Bukele en El Salvador).

Nos encontramos en las primeras etapas de la tercera (y más duradera) fase de la crisis de COVID: la crisis política, que vino después de la crisis sanitaria (ya casi superada) y, luego, de la crisis económica (aún en curso). En la mayoría de los países, la pandemia de COVID provocó un grave déficit fiscal al privar a las arcas públicas de los ingresos por impuestos sobre las ventas del sector de servicios durante los confinamientos y al agregar nuevos costos en servicios de salud, apoyos por desempleo y pagos directos a los pobres y a las pequeñas empresas. Desde que comenzó la pandemia, ya se han dado más de 20 revisiones a la baja en las calificaciones de la deuda soberana de la región y ocurrirán más en 2022. Esto elevará el costo de los préstamos a los gobiernos regionales. La mayoría de los gobiernos prefieren aumentar los impuestos en lugar de enfrentar aún más ira por parte de los electores por los recortes a los servicios esenciales y los pagos directos que siguen sosteniendo a millones de hogares justo por encima de la línea de pobreza. En lugar de recaudar impuestos de una manera que se minimicen los daños económicos, los políticos eligen el camino de menor resistencia política. Eso significa gravar a los sectores económicos exitosos: la minería, el comercio electrónico, los energéticos y la agricultura, que son precisamente los mismos que de otro modo podrían atraer inversiones y crear empleos en estos momentos.

Durante los próximos 24 meses, los nuevos gobiernos de Colombia, Chile, Perú y Brasil evolucionarán para pasar de ser algunas de las administraciones latinoamericanas que de manera más ferviente estaban a favor de los inversionistas antes de COVID, a convertirse en algo que nadie puede predecir todavía. Agreguemos a México y Argentina, dos países mal gobernados, y dentro de un año, los seis mercados más grandes de América Latina –que representan más del 80% del PIB de la región– podrían estar en manos de gobiernos que, ya sea por ideología o por supervivencia política, son un anatema para los inversionistas extranjeros.

El congreso al rescate

Históricamente ridiculizado como corrupto e inepto, es posible que, en varios países, el poder legislativo demuestre ser un improbable héroe durante el próximo ciclo político de gobernanza disruptiva en América Latina. En Argentina, durante las elecciones intermedias de 2021, los peronistas perdieron el control del congreso y, para el alivio de los inversionistas, ya han dado un giro en varios frentes relativos a las políticas que deseaban implementar. En Perú, Castillo rediseñó su lista de ministros cuando se dio cuenta de que el congreso de centro-derecha no funcionaría con un gobierno conformado por radicales de partidos sin experiencia. Aunque bendecido con un fuerte mandato electoral, el presidente Boric de Chile sigue enfrentándose a un congreso centrista. Aunque repleta de representantes rebeldes, la asamblea constituyente chilena necesita, no obstante, un umbral de dos terceras partes de los votos para cambiar la constitución, lo que constituye una medida institucional fundamental contra la transformación radical. Muchos predicen que Gustavo Petro –un guerrillero del M-19 y desastroso alcalde de Bogotá– arruinará dos décadas de avances en las políticas a favor de los inversionistas en Colombia como su próximo presidente. Pero Petro se enfrentará a un congreso de composición mixta y a un poder judicial que defiende a la clase dirigente. En Brasil, el potencial regreso al poder del presidente Lula es motivo de preocupación para algunos inversionistas. Sin embargo, es probable que el poderoso congreso de Brasil mantenga su composición a favor de las empresas. Además, las autoridades judiciales y fiscales ferozmente independientes del país seguirán limitando la extralimitación presidencial.

A pesar de todo el pesimismo que azota a América Latina en la actualidad, no cabe duda de que la democracia en las economías más grandes de la región es más fuerte hoy que durante la crisis económica anterior. La era digital ha debilitado la privacidad, pero junto con ella también se ha debilitado el secretismo del que dependía el abuso político en el pasado. Los electores latinoamericanos ahora están más conscientes que nunca de los errores que se han cometido en las políticas implementadas. Eso los enfurece, pero también los llama a la acción, algo que a la larga contribuirá a una mejor gobernanza. El 2022 revelará muchas caras nuevas en el escenario político de América Latina y esto producirá una imagen inquietante para los inversionistas que prefieren lo familiar. Pero los controles de poder institucionales para los que se diseñaron las constituciones latinoamericanas están demostrando ser sorprendentemente resilientes y vitales, un hecho que deberá aliviar algo de la inquietud.

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